LLAMADAS TELEFÓNICAS 
Por Ester Nora Azubel


Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño, se publicó tan sólo un año antes de Los detectives salvajes (1998) y sin embargo difiere de éste en forma notable. Reúne 14 cuentos relatados de un modo sumamente llano, casi con la simpleza del registro oral lo que permite que se lean con suma facilidad pero, a la vez, en ellos se pueden captar hilos que llevan a una mayor complejidad, propia del código del autor. Así, el texto tiene la virtud de cautivar al lector en la vorágine de los relatos y el mérito de ser una puerta accesible a 2666, considerada la culminación de su obra.

Las historias atrapan la atención por el ritmo vertiginoso (frases cortas, tiempo siempre impreciso pero cronológicamente consecutivo); por las acotaciones de los narradores quienes suelen opinar sobre asuntos supuestamente laterales al eje del relato con la naturalidad propia de la conversación y por el tono aparentemente casual con que, sin mediación, el lector es  "arrojado" al interior de historias que nunca se sabe qué rumbo tomarán.

Con la ironía peculiar que caracteriza la escritura del chileno y no desprovistos de humor, los relatos despliegan historias de escritores que buscan el reconocimiento de sus pares o de la crítica; mezquindades de poetas despechados; encuentros amorosos desafortunados que siempre concluyen en desencuentros; peregrinaje de exiliados que no son exiliados; el diálogo insólito de una actriz porno con un joven de 17 años o de dos policías, a cargo de presos políticos durante la dictadura.  
Lo conjetural cubre hechos, sentimientos e identidades aunque siempre en una atmósfera de tono menor pero penetrante en el despliegue de posibilidades no resueltas, de situaciones no acabadas, de perfiles no definitivos, lo que confiere profundidad a los relatos.

© LA GACETA

* Profesora de Letras, investigadora de la Universidad Nacional 
de Santiago del Estero y Directora Editorial de Edunse.

FRAGMENTO

"me instaba a perseverar; pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se 'avizoraban en el horizonte', encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. … En el concurso de Plasencia no alcancé a participar; pero en el de Écija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales." ("Sensini")

"Sofía, por entonces, era un fantasma, aparecía sin hacer ruido, se encerraba en su cuarto o en el baño y al cabo de unas horas volvía a desaparecer. Una noche nos encontramos en las escaleras del edificio, yo subía y ella bajaba, y lo único que se me ocurrió preguntarle fue si tenía un nuevo amante. Me arrepentí de inmediato, pero ya lo había dicho. No recuerdo qué me contestó." ("Compañeros de celda")